Domingo de Ramos B (Id=245)

Primera Lectura

No oculté el rostro a insultos, y sé que no quedaré avergonzado

Lectura del libro del profeta Isaías
50, 4-7

En aquel tiempo dijo Isaías:
"El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al cansado. Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor me ha abierto el oído, y yo no me he resistido ni me he echado atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que tiraban mi barba; no oculté la cara ante los insultos y salivazos. El Señor me ayuda, por eso soportaba las ofensas, por eso endurecí mi cara como una piedra, sabiendo que no quedaría defraudado".
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Sal 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

Todos los que me ven se ríen de mí, hacen muecas, menean la cabeza: "Se encomendó al Señor, pues que él lo libre, que lo salve, si es que lo ama".
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

Me acorrala una jauría de perros, me cerca una banda de malvados: taladran mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

Se reparten mis ropas, se sortean mi vestido. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, fuerza mía, date prisa en socorrerme.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

Anunciaré tu nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea. Los que respetan al Señor, alábenlo; glorifíquenlo, descendientes de Jacob, témanlo, descendientes de Israel.
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Deus, Deus meus, quare me dereliquísti?

Segunda Lectura

Cristo se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses
2, 6-11

Hermanos: Cristo Jesús, siendo de condición divina, no consideró codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Cristo se humilló por nosotros y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
Christus factus est pro nobis oboédiens usque ad mortem, mortem autem crucis. Propter quod et Deus exaltávit illum et dedit illi nomen, quod est super omne nomen.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos
14, 1-72; 15, 1-47

C. Faltaban dos días para la fiesta de pascua y de los panes sin levadura. Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte, pero decían:
S. "Durante la fiesta no; no sea que el pueblo se amotine".
C. Estaba Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, sentado a la mesa, cuando llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un perfume de nardo puro, que era muy caro. Rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús. Algunos, indignados comentaban entre sí:
S. "¿A qué se debe semejante derroche de perfume? Podía haberse vendido este perfume a un precio muy alto y haber dado el dinero a los pobres".
C. Y la criticaban. Pero Jesús les dijo:
†. "Déjenla. ¿Por qué la apenan? Ha hecho conmigo una buena obra. A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a ungir mi cuerpo para la sepultura. Les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho".
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue hablar con a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Ellos se alegraron al oírlo, y prometieron darle dinero; por eso buscaba cuál sería el momento oportuno para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, cuando se sacrificaba el cordero pascual, sus discípulos preguntaron a Jesús:
S. "¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de pascua?"
C. Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:
†. "Vayan a la ciudad y les saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo, y allí donde entre digan al dueño: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a celebrar la cena de pascua con mis discípulos?" El les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada. Preparen todo allí para nosotros".
C. Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, encontraron todo tal como Jesús les dijo y prepararon la cena de pascua.
Al atardecer, llegó Jesús con los Doce. Y una vez que se acomodaron, mientras cenaban, dijo Jesús:
†. "Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que está cenando conmigo".
C. Ellos, comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro:
S. "¿Acaso soy yo?"
C. El les respondió:
†. "Uno de los Doce, uno que que está comiendo conmigo en el mismo plato. El Hijo del hombre se va, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquél que entrega al Hijo del hombre! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!"
C. Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo:
†. "Tomen, esto es mi cuerpo".
C. Tomó luego un cáliz, pronunció la acción de gracias, lo dio a sus discípulos y bebieron todos de él. Y les dijo:
†. "Esta es mi sangre, la sangre de la alianza derramada por todos. Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba un vino nuevo en el reino de Dios".
C. Después de cantar los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
†. "Todos me abandonarán, porque está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después de resucitar, me encontraré de nuevo con ustedes en Galilea".
C. Pedro replicó:
S. "Aunque todos te abandonen, yo no".
C. Jesús le contestó:
†. "Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres".
C. Pedro insistió:
S. "Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré".
C. Y todos decían lo mismo.
Cuando llegaron a un lugar llamado Getsemaní, dijo Jesús a sus discípulos:
†. "Siéntense aquí, mientras yo voy a orar".
C. Tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan; comenzó a sentir miedo y angustia, y les dijo:
†. "Me muero de tristeza. Quédense aquí y velen".
C. Y avanzado un poco más, se postró en tierra y suplicaba que, si era posible, no tuviera que pasar por aquel momento. Decía:
†. "Padre, todo te es posible. Aparta de mí este cáliz de amargura. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú".
C. Regresó y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro:
†. " Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velen y oren para que puedan hacer frente a la prueba; pues el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil".
C. Se alejó de nuevo y oró repitiendo lo mismo. Regresó y de nuevo los encontró dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño. Ellos no sabían qué contestarle. Regresó por tercera vez y les dijo:
†. "¿Todavía están durmiendo y descansando? ¡Basta ya! Ha llegado la hora. Miren, el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡ Vamos! ¡Levántense! Ya está aquí el que me va a entregar".
C. Todavía estaba hablando Jesús, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él un tumulto de gente con espadas y palos, enviados por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta contraseña:
S. "Al que yo bese, ése es;
arréstenlo y llévenlo bien custodiado".
C. En cuanto llegó, se acercó a Jesús y le dijo:
S. "Maestro".
C. Y lo besó.
Ellos se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los presentes desenvainó la espada y cortó de un golpe la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
†. "Han salido a detenerme con espadas y palos, como si fuera un bandido. A diario estaban con ustedes enseñando en el templo, y no me arrestaron. Pero es necesario que se cumplan las Escrituras".
C. Entonces todos sus discípulos lo abandonaron y huyeron.
Un joven lo iba siguiendo, cubierto tan sólo con una sábana. Lo detuvieron, pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo.
Condujeron a Jesús ante el sumo sacerdote y se reunieron todos los pontífices, los escribas y los ancianos. Pedro lo siguió de lejos hasta el interior del patio del sumo sacerdote y se quedó sentado con los guardias, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban una acusación contra Jesús para darle muerte, pero no la encontraban. Pues aunque muchos testimoniaban en falso contra él, los testimonios no coincidían. Algunos comparecieron y dieron contra él este falso testimonio:
S. "Nosotros lo hemos oído decir: "Yo destruiré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres"".
C. Pero ni siquiera en esto concordaba su testimonio.
Entonces el sumo sacerdote tomó la palabra en medio de todos y preguntó a Jesús:
S. "¿No respondes nada? ¿De qué te acusan éstos?"
C. Pero Jesús callaba y no respondía nada. El sumo sacerdote siguió preguntándole:
S. "¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?"
C. Jesús contestó:
†. "Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo".
C. El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dijo:
S. "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?"
C. Todos juzgaron que merecía la muerte. Algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole la cara, le daban bofetadas y le decían:
S. ¡"Adivina"!
C. Y también los guardias lo golpeaban.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las criadas del sumo sacerdote. Al ver a Pedro calentándose junto al fuego, se quedó mirándolo y le dijo:
S. "También tú andabas con Jesús, el de Nazaret".
C. Pedro lo negó diciendo:
S. "No sé ni entiendo de qué hablas".
C. Salió a la puerta de la casa y un gallo cantó.
Lo vio de nuevo la criada y otra vez se puso a decir a los que estaban allí:
S. "Este es uno de ellos".
C. Pedro lo negó de nuevo. Poco después también los otros dijeron a Pedro:
S. "No hay duda. Tú eres uno de ellos, pues eres galileo".
C. El comenzó entonces a maldecir y a jurar:
S. "Yo no conozco a ese hombre del que me hablan".
C. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro se acordó de lo que le había dicho Jesús:
"Antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres", y se puso a llorar".
Muy de madrugada, se reunieron a deliberar los sumos sacerdotes, junto con los ancianos, los escribas y el Consejo en pleno; luego llevaron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. "¿Eres tú el rey de los judíos?"
C. Jesús le respondió:
†. "Tu lo dices".
C. Los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato lo interrogó de nuevo, diciendo:
S. "¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan".
C. Pero Jesús no respondió nada más, de modo que Pilato se quedó extrañado.
Por la fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Tenía encarcelado a un tal Barrabás con los revoltosos que habían cometido un asesinato en una rebelión. Cuando llegó la gente, empezó a pedir lo que solía concederles. Pilato les preguntó:
S. "¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?"
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes habían entregado a Jesús por envidia.
Los sumos sacerdotes incitaron a la gente para que les soltara a Barrabás. Pilato les preguntó otra vez:
S. "¿Y qué quieren que haga con el que ustedes llaman rey de los judíos?"
C. Ellos gritaron:
S. "¡Crucifícalo!"
C. Pilato les contestó:
S. "Pues ¿qué ha hecho de malo?"
C. Pero ellos gritaron todavía más fuerte:
S. "¡Crucifícalo!"
C. Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús para que lo azotaran, y, después, lo crucificaran.
Los soldados lo llevaron al interior del palacio, o sea, al pretorio, y llamaron a toda la tropa. Lo vistieron con un manto rojo y, trenzando una corona de espinas, se le pusieron. Después comenzaron a saludarlo, diciendo:
S. "¡Salve, rey de los judíos!"
C. Lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y, poniéndose de rodillas, le rendían homenaje. Después de burlarse de él, le quitaron el manto rojo, lo vistieron con sus ropas y lo sacaron para crucificarlo.
Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. Le daban vino mezclado con mirra, pero él no lo aceptó. Después lo crucificaron y se repartieron su ropa, sorteándola, para ver qué se llevaba cada uno.
Eran las nueve de la mañana cuando lo crucificaron. Había un letrero en la que estaba escrita la causa de su condena: "El rey de los judíos". Con Jesús crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
Los que pasaban por allí lo insultaban, haciendo muecas y diciendo:
S. "Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días! ¡Sálvate a ti mismo, bajando de la cruz".
C. Y de la misma manera los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban de él diciéndose unos a otros:
S. "¡A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse! ¡El Mesías, el rey de Israel! ¡Que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos!"
C. Hasta los que habían sido crucificados junto con él lo insultaban.
Al llegar el mediodía, toda la región quedó a oscuras hasta las tres de la tarde. A esa hora Jesús gritó con voz potente:
†. "Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní? Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
C. Algunos de los presentes decían al oírlo:
S. "Está llamando a Elías".
C. Uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber, diciendo:
S. "Vamos a ver si viene Elías a descolgarlo".
C. Entonces Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
(Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes).
C. La cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo. Y el oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver que había expirado de aquella manera, dijo:
S. "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios".
C. Algunas mujeres contemplaban la escena desde lejos. Entre ellas María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que habían seguido a Jesús y habían asistido cuando estaba en Galilea. Había, además, otras muchas que habían venido con él a Jerusalén.
Al caer la tarde, como era la preparación de la pascua, es decir la víspera del sábado, llegó José de Arimatea, que era miembro distinguido del Consejo y esperaba el reino de Dios, y tuvo valor de presentarse a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto tan pronto y, llamando al oficial romano, le preguntó si había muerto ya.
Informado por el oficial romano, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, lo bajó, lo envolvió en la sábana, lo puso en un sepulcro excavado en la roca y tapó con una piedra la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían.
Hasta aquí la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Marcos.

Oración de los Fieles

Celebrante:
Imploremos, hermanos y hermanas, a Jesús, el Sumo Sacerdote de la fe que profesamos, que en la cruz presentó, con lágrimas en los ojos, oraciones y súplicas al Padre, y oremos también nosotros por todos los seres humanos.
(Respondemos a cada petición: Señor, ten piedad).

Para que el Señor, que en la cruz excusó a los ignorantes y pidió perdón por ellos, tenga piedad de los fieles que han caído en el pecado, les dé valor para recurrir al sacramento de la penitencia y les conceda el gozo del perdón y de la paz, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Para que la sangre de Jesús, que habla más favorablemente que la de Abel, reconcilie con Dios a los que aún están lejos a causa de la ignorancia, la indiferencia, la maldad o las propias pasiones, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Para que el Señor, que en la cruz experimentó la amargura de sentirse triste y abandonado, se apiade de los enfermos, los afligidos y los oprimidos y les envíe a su ángel para que los conforte, roguemos al Señor.
Señor, ten piedad.

Para que el Señor, que recibió en su reino al ladrón arrepentido, se apiade de nosotros, nos dé sentimientos de contrición y nos admita, después de la muerte, en su paraíso, roguemos al Señor
Señor, ten piedad.

Celebrante:
Dios todopoderoso y eterno, que enviaste a tu Hijo al mundo, para que, con su pasión, destruyese el pecado y la muerte y, con su resurrección, nos devolviese la vida y la felicidad, escucha las oraciones de tu pueblo y haz que podamos gozar de los frutos de la cruz gloriosa de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

[Misa]